Planear en tiempos de incertidumbre tecnológica: entrevista a Leonardo Urrego

Ago 19, 2026

 

La velocidad del cambio tecnológico desafía las formas tradicionales de planificación universitaria. Leonardo Urrego, Jefe de la Oficina de Planeación de la UNAD, analiza cómo construir estrategias flexibles, priorizar la innovación y fortalecer capacidades institucionales sin perder de vista la misión.

En un escenario donde la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías transforman rápidamente la educación superior, planificar a largo plazo parece, a primera vista, una tarea cada vez más compleja. Para Leonardo Urrego, Jefe de la Oficina de Planeación de la UNAD, el desafío no consiste en anticipar cada cambio, sino en construir instituciones capaces de adaptarse a ellos.

Desde esta perspectiva, la planeación estratégica deja de ser un documento estático para convertirse en una herramienta viva, basada en capacidades, aprendizaje permanente y decisiones sustentadas en evidencia.

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¿Cómo se diseña un plan de desarrollo estratégico a 5 o 10 años en un contexto de cambios tecnológicos acelerados?

Planear a 5 o 10 años no significa pretender adivinar el futuro, sino construir una arquitectura institucional capaz de adaptarse a él.

Un plan de desarrollo estratégico no puede ser un documento rígido: debe ser una brújula y un dispositivo dinámico. Debe definir propósitos de largo plazo y apuestas misionales, pero también incorporar mecanismos de revisión, actualización y aprendizaje permanente.

En la UNAD, esto implica planear por capacidades y no solo por proyectos: fortalecer la analítica, la inteligencia artificial, la innovación pedagógica, la gestión financiera, el acompañamiento estudiantil, la internacionalización y la gobernanza digital.

Por eso, el plan estratégico debe ser flexible en los medios, pero firme en el propósito.

“La tecnología puede cambiar cada seis meses, pero la misión permanece.”

¿Qué criterios deberían utilizar las universidades para decidir en qué innovaciones vale la pena invertir?

Ante la velocidad con la que aparecen nuevas tecnologías, hay que evitar dos extremos: rechazar la innovación por temor al cambio o adoptar cualquier tendencia solo porque está de moda.

En la UNAD, toda innovación debe evaluarse desde criterios como su contribución a la misión institucional, su impacto en la experiencia del estudiante, su sostenibilidad financiera, su capacidad de integración con el ecosistema digital existente y sus implicaciones éticas, regulatorias y de protección de datos.

La inteligencia artificial generativa y la IA agéntica, por ejemplo, no deben verse solamente como herramientas novedosas, sino como capacidades que pueden apoyar procesos académicos, de planeación, analítica, permanencia y toma de decisiones.

La pregunta no debe ser: “¿qué tecnología debemos adquirir?”, sino “¿qué necesidades queremos resolver y qué tecnología nos ayuda a resolverlas de forma sostenible, innovadora, ética y escalable?”. Esa diferencia es fundamental para separar la innovación estratégica de la moda tecnológica.

¿Cómo lograr estructuras universitarias más ágiles sin perder el rumbo estratégico?

Las universidades suelen tener estructuras normadas que no siempre responden a la velocidad del entorno. El reto está en lograr que la norma no bloquee la innovación y, al mismo tiempo, conservar una dirección estratégica clara.

La agilidad institucional se logra cuando la universidad combina gobernanza con experimentación controlada. No se trata de cambiar toda la estructura cada vez que aparece una tecnología, sino de crear espacios donde sea posible pilotear, medir, aprender y escalar.

En la UNAD esto implica trabajar con pilotos estratégicos, mesas técnicas, tableros de seguimiento, indicadores de impacto y decisiones basadas en evidencia.

La clave es que la agilidad no signifique improvisación. La universidad debe moverse rápido, pero con propósito. Debe innovar, pero con trazabilidad. Debe experimentar, pero cuidando la calidad académica, la sostenibilidad financiera y la responsabilidad pública.

¿Cómo cambia la gestión de la incertidumbre tecnológica en una universidad cuyo ecosistema es principalmente digital?

En una institución como la UNAD, donde buena parte de la operación, la interacción académica y la experiencia del estudiante suceden en un ecosistema digital, la incertidumbre tecnológica no es un asunto periférico: es un tema central de gestión institucional.

La tecnología es parte estructural de la experiencia educativa y está conectada directamente con las características de sus poblaciones. Por eso, su gestión exige anticipación, inversión, gobernanza y capacidad de respuesta permanente.

La ventaja de la UNAD es que su modelo institucional ya está construido sobre la flexibilidad, la mediación tecnológica, la cobertura territorial y el acompañamiento en entornos digitales. Esto permite entender la tecnología no como un accesorio, sino como una dimensión estratégica de la calidad académica.

La IA agéntica puede convertirse en una fortaleza diferencial porque permite pasar de plataformas que solo almacenan información a ecosistemas inteligentes que acompañan, alertan, recomiendan y apoyan decisiones.

Pero el principio debe ser claro: la tecnología debe estar al servicio del estudiante, del docente, de la calidad y de la misión pública. No al revés.

¿Cuál es la clave para construir una estrategia universitaria a prueba de futuro?

Mi principal consejo a los líderes de planeación de otras universidades de la región sería este: no construyan planes centrados únicamente en tecnologías; construyan modelos de gestión centrados en capacidades y en un enfoque teleológico claro.

Las tecnologías cambian, se reemplazan y evolucionan. Las capacidades institucionales permanecen y permiten adaptarse.

Una universidad resiliente no es la que compra primero la última herramienta, sino la que sabe aprender de sus propias experiencias, anticipar, priorizar, gobernar sus datos, cuidar su sostenibilidad y proteger su misión académica.

Una estrategia a prueba de futuro debe tener cinco elementos: propósito claro, planeación flexible, gobernanza de datos, sostenibilidad financiera e innovación con sentido humano.

Una universidad preparada para el futuro es aquella que convierte la incertidumbre en aprendizaje, la tecnología en capacidad institucional y la planeación en una herramienta viva para transformar proyectos de vida que redunden en una mejor sociedad.

“El futuro no se predice completamente, pero sí se puede, y se debe, preparar.”

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Las reflexiones de Leonardo Urrego plantean una idea central: frente a la velocidad del cambio tecnológico, la respuesta de las universidades no debería ser intentar anticipar cada nueva herramienta, sino desarrollar la capacidad institucional para adaptarse.

Planificar en contextos de incertidumbre implica sostener propósitos de largo plazo mientras se revisan y transforman los caminos para alcanzarlos. En ese equilibrio entre estrategia, innovación y capacidad de adaptación puede estar una de las claves para que las instituciones de educación superior sigan siendo pertinentes en un escenario de transformación permanente.

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